Azerbaijan

Bakú: donde el viento no descansa

Shared:June 21, 2026

Bakú no encaja en ninguna casilla. ¿Es europea? ¿Es asiática? ¿Es del Cáucaso, de Oriente Medio, de la antigua Unión Soviética? La respuesta honesta es que es todas esas cosas a la vez, y ninguna del todo. Llegas esperando una ciudad y te encuentras tres apiladas una encima de la otra, mirándose con cierta desconfianza.

El nombre de la ciudad significa, según muchos, "ciudad del viento", y el viento es lo primero que notas. Sopla desde el mar Caspio sin pedir permiso, despeina a todo el mundo por igual y no se calla nunca. Los azerbaiyanos están acostumbrados; tú aprenderás rápido.

Empieza por la Ciudad Vieja, el Içerişeher, rodeada de murallas medievales. Aquí las calles se estrechan y se retuercen, y de pronto el siglo XXI desaparece. La Torre de la Doncella, el Qız Qalası, lleva siglos vigilando el mar; nadie sabe con certeza para qué se construyó, y las leyendas que la rodean son más numerosas que los datos. A pocos pasos está el Palacio de los Shirvanshah, del siglo XV, el conjunto de arquitectura medieval mejor conservado de todo el país.

Pero sal de las murallas y levanta la vista. Las Torres de Llama — tres rascacielos curvos que imitan lenguas de fuego — dominan el horizonte y por la noche se encienden con pantallas LED que las hacen arder de verdad, en rojo y naranja, sobre la bahía. No es casualidad que ardan. El fuego está en el alma de este lugar: aquí se practicaba el zoroastrismo, la religión del fuego sagrado, y en las afueras el suelo todavía arde solo, alimentado por el gas natural que se filtra desde el subsuelo. Lo llaman Yanardağ, la montaña que arde, y lleva milenios sin apagarse.

Ese mismo subsuelo lo explica casi todo. El petróleo convirtió a Bakú, a finales del siglo XIX, en una de las ciudades más ricas del mundo; aquí se extrajo buena parte del crudo del planeta antes de que nadie pensara en Texas o en el Golfo. Esa fortuna construyó los elegantes edificios de piedra del centro, y un segundo boom petrolero, ya en este siglo, levantó las torres de cristal que hoy compiten con ellos. Bakú lleva más de un siglo financiándose con lo que sale de su propia tierra.

Camina por el Bulvar, el paseo marítimo que bordea el Caspio. Es largo, ventoso y sorprendentemente tranquilo: familias paseando, ancianos jugando al backgammon, vendedores de té. Porque el té aquí no se bebe, se ceremonia. Te lo sirven en un vasito con forma de pera llamado armudu, acompañado de mermelada y terrones de azúcar que se mojan, no se disuelven. Siéntate, pide uno y no tengas prisa. En Bakú el té es una excusa para quedarse, y quedarse es la mejor manera de entender la ciudad.

Porque Bakú no se entrega en la primera mirada. Es contradictoria, presumida, antigua y futurista al mismo tiempo, y nunca termina de decidirse. Te vas con la sensación de no haberla descifrado del todo — y el viento, que te acompaña hasta el aeropuerto, parece reírse un poco de ti.